La manzana no sólo fue protagonista en el relato de la creación de la religión cristiana. En la cultura helénica aparece con frecuencia desencadenando conflictos, como portadora del don de la inmortalidad, como obsequio sagrado y hasta como vehículo a la muerte. En las próximas entregas nos referiremos a las manzanas mitológicas que nos llegan desde Grecia.
Para comprender la mitología griega conviene despojarse de la moral judeocristiana. La religión helénica es, en principio, más democrática y menos machista: No hay un Dios sino un panteón con 12 dioses y diosas e infinitas deidades menores. Poderosos, como todos los dioses, los griegos no tienen el don de la perfección que tiene el Dios de la cristiandad o el del mundo musulmán; Alá.
Los dioses griegos son divertidos, alegres, apasionados, viles, celosos; se permiten mentir, odiar, ensuciarse con bajas pasiones, tanto como ser infieles, pleiteros, vengativos. Los dioses griegos beben, fornican, se exceden, trabajan, participan en las guerras, tienen todos los hijos que quieren con la pareja que les plazca sea ésta divina o terrena. Desconocen el término “incesto” y –en algún sentido– son más “humanos” que los dioses de las restantes religiones más difundidas a lo largo de la historia.
Claro que no carecen de dones, puesto que se los veneraba por sus atributos particulares. Todos son inmortales y lo suficientemente brillantes como para estar en otro plano de la existencia conocida por los mortales.
En este fragmento de cultura en el que participan deidades, hay algunas que han adquirido un peso cultural más fuerte que otras: La primacía de Zeus es indiscutible, es él quien mantienen el orden y la justicia del mundo; aun así en el Olimpo conviven otras deidades de peso: Su esposa Hera; Afrodita, hija de Zeus, la diosa del Amor y la fertilidad; Atenea, la diosa guerrera, la de los “pies alados” de la Ilíada, la que Hesíodo en su Teogonía hizo nacer de la cabeza de Zeus; Apolo, portador del arco y la lira, hermano de Artemisa, purificador y amante de mil mujeres y dos hombres; Hermes, “el más humanitario entre los dioses”, hermano de Apolo y Atenea, el mensajero de los dioses (en la Odisea), dios astuto y veloz, su talento es la habilidad (sus leyendas lo hicieron patrono de los bandidos y los ladrones); Hades, el dios de los muertos y del mundo subterráneo; Poseidón, el dios de los mares; Hefesto, el dios del fuego; y Ares, dios de la guerra; entre los principales.
Pero vamos a los orígenes y a los episodios que nos conectan con las manzanas míticas.
El matrimonio olímpico más importante esta formado por Zeus y Hera. Hermanos, ambos hijos de Crono (el Tiempo) y Gea (la Tierra), sobrevivieron a ser tragados por su padre y- aquietados los conflictos de su origen- celebraron una solemne boda que los unió para siempre. Hera fue la tercera esposa de Zeus, luego de Metis y Temis. De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Hefesto, Ares, Ilitía y Hebe
Las manzanas de oro de las Hespérides
La gran celebración del Olimpo se realizó, según una de las tradiciones, en el Jardín de las Hespérides. Cuando Zeus y Hera se casaron, la Tierra (Gea) le obsequió a la novia unas manzanas de oro, que fascinaron a Hera y que por tal motivo mandó a plantar en su jardín. Como alguien empezó a robar estas manzanas, Hera ordenó la custodia de éstas y del árbol maravilloso que las engendraba a un dragón de cien cabezas y a las tres ninfas del atardecer, las Hespérides.
Estas manzanas protagonizarán varias historias importantes de la cultura helénica. Serán, por ejemplo, las manzanas de oro que Euristeo (rey de Micenas) ordenó a Heracles que le trajese (Euristeo disputaba el poder de la isla con Heracles). Heracles fue un héroe a quien se le encomendaron varios retos difíciles para defender su título, entre ellos, tomar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Estas manzanas no sólo eran bellas, se presumía que podían ser el fruto de la inmortalidad.
Heracles, tras un largo viaje, mató al dragón y se apoderó de los frutos dorados. Cuenta la leyenda que, desesperadas por haber perdido las manzanas que le habían confiado, las Hespérides se convirtieron en árboles: un olmo, un sauce y un álamo.
Parece que Heracles llevó las codiciadas manzanas a Euristeo pero éste, despreciando su hazaña, se las devolvió. El héroe resolvió llevárselas a Atenea y la diosa las restituyó al Jardín de las Hespérides, pues la ley divina prohibía que esos frutos estuviesen en otro lugar.
Ahora volvamos a la diosa Hera, quien protagonizará otro relato con manzanas, quizá el más conocido por sus consecuencias, la Guerra de Troya. Hera participa en un concurso de belleza en la cual se enfrentó con Afrodita y Atenea, luego que la Discordia les arrojara una manzana que desencadenó el conflicto entre las tres diosas. Pero de esta historia nos ocuparemos en una próxima columna.
En tanto, seguiremos con la descripción de Hera. Como esposa legítima del más poderoso de los dioses, se convirtió en la protectora de las mujeres casadas. Su defecto, los celos. Las infidelidades de su esposo la llevaron a ser vengativa y a cometer actos totalmente irracionales cuando la invadía la ira. Tanto, que no solamente castigaba a las amantes de su esposo sino a toda su descendencia.
Para representarla, escogimos otra anécdota que cuenta Pierre Grimal en su Diccionario de Mitología Griega y Romana (Ed. Paidós). “A veces la cólera de Hera y sus venganzas tienen otras causas (que las infidelidades de su marido). Cuéntese que un día la diosa discutía con Zeus sobre quién gozaba más intensamente de los placeres del amor, el hombre o la mujer. Zeus sostenía que las mujeres llevaban ventaja, mientras que Hera afirmaba que los más favorecidos eran los hombres. Las dos divinidades decidieron consultar a Tiresias, que había tenido sucesivamente la experiencia de uno y otro sexo. Y Tiresias dio la razón a Zeus, diciendo que si los placeres del amor representaban diez unidades, al hombre le correspondía una, quedando para la mujer las nueve restantes. Llena de ira por verse así desmentida, Hera privó de la vista a Tiresias.”